El nacimiento de una escritora

Jamás olvidaré la primera vez que vi la última película de Narnia. Empecé a llorar mucho antes de entender qué estaba pasando al final, pero cuando mi madre me lo explicó, me di cuenta de que ya lo sabía.

“Se hacen adultos, Narnia ya no es un lugar para ellos”, dijo con delicadeza. Recuerdo la presión que se adueñó de mi pecho. Creo que fueron las primeras lágrimas pesadas que derramé. Se van a quedar encerrados en la realidad, pensé, qué vida tan triste.

“Pero no es justo”, balbuceé. La sonrisa de mi madre fue triste y tierna a la par, y me atrajo hacia ella en un gesto protector. Por aquel entonces, su latido estaba siempre disponible para calmar mis angustias. “¿Tienes miedo de no volver tú?”, preguntó. Asentí en silencio. “Narnia siempre estará ahí para ti. Y Nuncajamás, y los campos interminables de Fantasía. Estoy segura de que tú nunca cerrarás esa puerta de tu mente”.

Puede que mi madre hoy en día no lo sepa, pero fue en ese instante dio a luz al intento de escritora que soy hoy. Esas palabras han sido la primera guía para no olvidar la promesa que me hice ese día: jamás dejaré de imaginar. Y esa imaginación la plasmé desde muy pequeña en mis propias palabras y busqué refugio en las de otras mentes.

Primero, en la mesa de mi cocina. Gastaba las tardes entre papeles, profecías, espadas, puertas interdimensionales, conquistas, venganzas y amores entre mundos paralelos.

Luego, en la cama de mi cuarto en Italia. Los veranos se iban entre tomates recién aliñados, salitre, acordeones, toneladas de libros y libretas enteras que llené con miles de historias de dioses, tierras olvidadas, guerras celestiales, cortes de hadas y bosques de unicornios. Todo de mi puño y letra.

Y más adelante, cualquier momento y lugar de mis días en la Tierra. Las plantas hablan y cuentan historias. Los libros susurran las vidas de quienes los han leído. Las personas que pasan por delante de mí mientras tomo café en cualquier terraza, terminan en algún trozo de papel envueltos en la luz de la magia. Siempre me negué a dejar de soñar lo imposible, nunca dejé de escribir y crear mundos en los que he sufrido no vivir.

Y llegó la adultez, esa mentira con la que tanto me obsesioné y en la que me he sumergido sin acordarme ni un momento de Peter Pan. Abandoné mis libretas, guardé mis mundos en un baúl con un grabado que reza Para después, y guardé la llave junto a mis bolígrafos. Porque algo me dijo que había llegado el momento de ser una mujer de provecho que cumpliera con sus ambiciones, todas perfectamente calculadas para que, pasado un tiempo, pudiera volver a mis mundos con la tranquilidad del dinero detrás.

Pero me perdí en la desesperación y el éxito mundano. Me ahogué en el dolor de las desilusiones y creé una fortaleza de cinismo y realidad. Porque así sería inmune a todo, así llegaría a mis metas más rápido. Y nada más lejos de la realidad.

Ahora, rota en pedazos, recuerdo que Aslan siempre acudió a quienes lo buscaron hasta el final, que Wendy jamás cerró la ventana, que Bastian leyó el libro completo, y que Victoria le contaba leyendas idhunitas a sus hijos. Ahora, agotada y sumergida en mi silencio, retomo las poderosas palabras de mi madre de aquella noche y la promesa que se hizo esa niña soñadora y desconsolada:

No dejaré jamás de escribir y crear mundos en los que a muchos nos encantaría vivir. no dejaré jamás que una sola realidad me atrape.